Tiempo de verlo. Por Viviana Britos



El bodegón de Boedo es un lugar de encuentro. Los habitués se sientan en las mesas ocupando los lugares de siempre. La rutina es un momento único. Se estrechan las manos, se palmean el hombro y a veces algún perdido abrazo.

Edificado en la esquina exacta de Boedo y San Ignacio tiene una forma irregular de trapecio, cuyo lado extenso se mide sobre el pasaje. La puerta vaivén de madera se encuentra en la ochava. 

Al entrar viajamos a otro tiempo. Las paredes de ladrillos a la vista se recubren de fotos en blanco y negro; las publicidades de productos inexistentes se entreveran con banderines y espejos disputando el espacio. Como un camino plateado, el largo mostrador de madera y estaño ocupa gran parte de lugar; sobre él se conserva una antigua máquina de café, una registradora de metal y un exhibidor de vidrio rotatorio.

Las mesas cuadradas de madera perpendiculares al mostrador se llenan de naipes, cubiletes, tazas de café y ceniceros.

En una de ellas un hombre escribe en un cuaderno la letra de una canción.

Una vitrola de bronce engalana el lugar asomando en una esquina.

Los mozos esquivan sillas, risas y festejos de un truco ganado mientras hacen malabares con las bandejas de metal sobre sus cabezas.

Se extingue la tarde y los rumores no cesan.

En medio del humo, cada vez más denso, una figura se dibuja a contraluz en la puerta de entrada. Su voz, como recién inaugurada, profunda y armoniosa acalla las otras. El silencio se presenta como respuesta a aquella melodía conocida.

Los juegos se detienen, los mozos atónitos dejan de servir y ante el asombro se dejan atraer por el fantasma. Algún que otro cigarrillo se cae de las bocas semiabiertas y el rumor se oye seguido por un chistido.

Todos se dejan llevar por el encantamiento del momento. Imaginan o sueñan que aquel espectro les dedica una canción, sin que nadie intente comprender.

Pedro se levanta y en un acto de desesperación grita ¡Carlitos!

Nadie lo escucha. 

La voz seguida por una guitarra, canta Margot, una poesía de Celedonio Flores hecha tango. 

Una serenata que hizo notable al café.


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