Mi primera vez en las urnas. Por Catalina D'Atri
Ese no fue un domingo tradicional. Podría haberlo sido si la noche anterior, entre pizzas y gaseosas, no hubiera debatido con amigas qué postura teníamos respecto al panorama político. No porque no lo hagamos; de hecho, el estereotipo de “adolescente que solo se preocupa por fiestas y alcohol” es bastante erróneo, y nos gusta “sentirnos adultas”. Pero había algo de extraordinario en esa precisa conversación un sábado a la luz de la luna, con alguna canción de reggaetón de fondo, en ese patio del barrio de Devoto. 7 adolescentes de no más de 17 años, con vidas basadas en el estudio secundario y algunas salidas, pero atravesadas directamente por nada más ni nada menos que un deber ciudadano. Una responsabilidad que excede el examen más difícil y el viaje en colectivo por la zona más desconocida. Una obligación que siempre se remitió a los libros de cívica y quizás a acompañar a un pariente a cumplirla. Un compromiso lejano. O así era hasta que llegó ese domingo.
Amaneció soleado, sin viento; un poco inusual para principios de septiembre. La chocolatada y las tostadas con mermelada de frambuesa conservaban algo de la rutina de un domingo típico. Pero ese dejo de normalidad era corrompido a medida que caían mensajes al grupo de WhatsApp que tenemos con mis amigas. Las mismas con las que charlaba hacía menos de 12 horas sobre recuerdos de primaria, ahora enviaban fotos luciendo su constancia de emisión de voto.
Lavé los platos del desayuno y me cepillé los dientes. Volví a ingresar a la página del padrón para recordar bien el número de mesa y de orden: 2990 y 55, respectivamente. Tomé mi documento –costumbre que no tengo al salir–, una birome y las llaves, y salí de casa. La bufanda y la campera gruesa eran demasiado para el calor con el que me choqué al cerrar la puerta. Comencé a caminar por Avellaneda, mientras una gran cantidad de autos desfilaba en los carriles al lado mío. No suelo salir los domingos a las 11 de la mañana, pero me extrañó tanto movimiento. Continué unas 2 cuadras hasta llegar a la esquina de Condarco, y doblé por ahí. Cada vez era mayor la cantidad de gente que caminaba en la misma dirección que yo; se sentía como estar saliendo de un recital. Me detuve en Condarco y Bacacay porque no podía creer lo que veían mis ojos: una fila de una cuadra sobre esta última calle se desplegaba alrededor del colegio “Justo José de Urquiza”.
Casi sin dudarlo, llamé a mi mamá. Habíamos arreglado con unos amigos suyos para almorzar en su casa de Ituzaingó, y a las 11:20, mientras yo estaba ahí parada, ya deberíamos haber salido. Tal como me dijo, procedí hacia el final de la cola: el asado podía esperar. Mientras avanzaba hacia el final de la cola, en la esquina de Bacacay y Terrada, reconocí a profesoras y alumnos de otros cursos de mi colegio. Recé internamente para no tener que saludarlos, y ahorrarme conversaciones incómodas. Al cabo de unos 10 o 15 minutos, cuando por suerte ya me había adelantado unos metros hacia la entrada, la voz de un policía anunció las mesas que estaban liberadas. La 2990 era una de ellas.
Esperanzada, como si hubieran abierto las puertas para entrar al lugar del recital, seguí la corriente de un grupo cuyas mesas también habían sido nombradas. Pero la ilusión duró poco. Nos encontramos todos con una mujer –intuyo ahora que era una autoridad superior a los fiscales– que se veía confundida, y bastante enojada, ante esta nueva fila que estábamos formando inconscientemente, porque no nos dejaban pasar. “¡¿Quién les dijo algo así?!”, se quejó cuando un señor explicó qué estábamos haciendo. Yo estaba muda; no me gusta confrontar con gente que no conozco cuando hay algún problema, y menos cuando quedaba claro que era la menor entre toda esa gente. Contra su voluntad, la muchacha de anteojos y pelo por los hombros terminó cediendo, aunque nos advirtió que mantengamos la mayor distancia posible, por protocolo.
Luego de varios mayores de 60 años que tenían prioridad y tras el paso de unos minutos, un oficial parado en la puerta volvió a cantar: “88, 89, 90...”. Entré al edificio, y tal como indicaba un cartel, subí por las escaleras. Frente a las mesas propiamente dichas no había demasiada gente; solo tuve 2 personas delante de mí. Cuando llegó mi turno, dejé el DNI sobre una especie de cajita, la cual observaron atentamente las fiscales sentadas desde su lugar. Y escuché la pregunta que me había perseguido cada vez que pensé en ese momento: “¿tenemos que aplaudir?”
“Preferiría que no”, respondí, mientras sentía los cachetes ya colorados. Una de las señoras sonrió a través de su barbijo. “¿O sea que es tu primera vez?”, preguntó. “Sí”, admití tímidamente. Miró a las dos fiscales a su lado, y en un pestañeo, estaban aplaudiendo. Tal vez fue porque mi atención estaba fijada en ellas tres, pero me gustaría creer que nadie más que ellas aplaudió, que el barullo no fue tanto. Terminó el espectáculo y llenaron sus planillas con mis datos. Mientras firmaba donde me marcaban, se dijeron entre sí: “¡Pará! ¿No hay que aplaudir cuando pone el sobre?”. “No, no hace falta”, contesté en vano con una risa nerviosa; volverían a hacerlo. No sabía dónde esconderme.
Tomé el sobre y me adentré al cuarto oscuro. Supuse que era un aula de los cursos más grandes, porque las paredes lucían afiches coloridos sobre trastornos alimenticios. Me asombró para bien. Vi las boletas sobre varios bancos y agradecí que no faltara ninguna; no quería llamar la atención para nada más. Elegí la que más me convencía, llevé algunas de recuerdo y me saqué una foto con el sobre en mano, para mandársela a mi familia y amigas.
Metí el voto en la urna, y a pesar de que los aplausos me incomodaron un poco otra vez, agradecí que no había ningún familiar sacando fotos o haciendo videos, como sé que suele pasar. Las fiscales de mesa me felicitaron, y me despedí con un “espero que sirva de algo”. Bajé las escaleras y salí del colegio.
Regresé a casa pensando que las cosas ahora también dependen de mí, que tengo voz sobre cuestiones que afectan a los demás y que construyo un futuro colectivo, aunque sea de alguna minúscula forma. Me pregunté si todos los que alguna vez votaron fueron conscientes de eso, de la dimensión que tiene ese papel. Fue una sensación extraña, como si se tratara de una responsabilidad que da miedo asumir. Pero es preferible sentirla antes que alguien pueda decidir por uno.

Muy buen relato. Te felicito.
ResponderBorrarGracias, Vivi. Y tenés razón: hermoso el relato de Cata.
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