Canguro. Por Jorge Aguilar
La calle España al 600 es aquello que los pretenciosos periodistas llaman “la City salteña”. No es más que una cuadra con tres o cuatro bancos, varias casas de cambio y muchos arbolitos, un bar, algunas tiendas comerciales y la peluquería del Gallina Gómez en donde también se cambia dinero.
Por sus veredas, circulan cambistas, salteños de a pie y los feligreses que visitan la Catedral que está en la siguiente cuadra al frente de la plaza.
Por ahí andábamos con mi padre una mañana calurosa de febrero. Durante mis vacaciones y cuando no había para otras actividades más interesantes como ir a la colonia del club, solía invitarme a que lo acompañara a hacer sus trámites.
No con poca fiaca me levantaba e iba a sabiendas que cada vez que nos cruzáramos con algún amigo de su infancia, él me presentaría como su “secretario” y del otro lado vendría el infaltable halago a mi estatura y la pregunta de si jugaba al básquet, deporte que nunca practiqué.
Al cruzar la esquina de España y Mitre nos topamos con “Canguro”. Una persona que para mis ojos de niño era bastante extraña, aunque más extraño me parecía que mi padre lo conociera y lo saludara.
Su apodo se debía a que supuestamente venía de Australia. Sobre él lo primero que puedo contar es que se veía bastante sucio y caminaba con cierta dificultad. Podríamos decir que era casi un pordiosero, con una especie de sobretodo andrajoso, bastante sucio y oloroso. El olor se podía explicar por el calor de febrero, lo rotoso no lo entendía.
Sus pelos sucios y bastante largos, no coincidían con los cortes medio americano de mi padre y sus conocidos. Tenía la piel blanca pero curtida por el sol. Ojos celestes y fríos, casi transparentes. Su boca amplia, tan amplia que dejaba ver una dentadura gigante que rápidamente me trasladó al poster de Mick Jagger que tenía en mi pieza.
Alguna vez escuché que los zapatos dicen mucho de las personas que lo llevan puesto. Bueno estos zapatos pedían a gritos un poco de pomada o un reemplazo luego de interminables caminatas.
Mi padre me explicó: “Dicen que viene de Australia y por eso le dicen Canguro, aunque por lo poco que habla yo creo que viene de algún país del este europeo”. Si ya estaba sorprendido por el personaje, más ahora con la descripción de mi padre que apenas sabía criollo como para andar sacando conclusiones relacionadas con las lenguas de origen.
Resulta que este personaje de la City, que iba de un lado al otro haciendo trámites y por lo general con los extractos de la Tómbola salteña bajo el brazo, era hombre de grandes fortunas. Mi padre me contó que, según se decía, tenía mucha plata y varias propiedades pero logradas a costas de vivir “aqueando” toda su vida.
Sea como sea, Canguro y su fortuna no es más que otro de los tantos mitos que se escuchan por las calles de “la Linda”.
Sea como sea, aquella mañana fue diferente a las otras en las que cumplía el rol de secretario. Sea como sea, ese personaje de la city salteña, me permitió conectar con mi padre como no lo había hecho en un buen tiempo.

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